El tilacino, a menudo llamado tigre de Tasmania, no era un tigre en absoluto. Y un nuevo estudio de su cráneo en Australia muestra que tampoco era mucho de lobo. El marsupial extinto tenía un estilo de caza propio, uno que lo distingue tanto de los depredadores placentarios a los que se parecía como de los carnívoros modernos con los que podríamos compararlo.
Un cráneo que contradice su apodo
Investigadores en Australia examinaron los cráneos de tilacinos, que se extinguieron en el siglo XX. Compararon la estructura ósea con la de depredadores vivos como lobos, zorros y hienas. El objetivo era entender cómo el tilacino realmente mataba a sus presas. Los resultados, publicados en la revista Communications Biology, muestran que el cráneo del tilacino estaba construido para una mordida más débil que la de un lobo, pero también era más flexible y ágil. Esa combinación sugiere un método de caza basado en mordidas repetidas y precisas en lugar de un solo golpe aplastante.
La mandíbula del tilacino podía abrirse ampliamente, y su cráneo era largo y bajo. Esa forma es típica de animales que agarran y sostienen presas que luchan. Pero las inserciones musculares y la estructura articular apuntan a menos fuerza en los colmillos. En otras palabras, el tilacino probablemente desgastaba a su presa con una serie de mordidas, no dominándola de un solo golpe.
Por qué esto cambia la historia de un depredador perdido
Científicos e historiadores locales en Australia han debatido durante mucho tiempo cómo vivía el tilacino. Como se parecía a un lobo, muchos asumieron que cazaba como uno, persiguiendo animales grandes en manada. Pero la evidencia del cráneo cuenta una historia diferente. El tilacino probablemente era un cazador solitario que atacaba presas más pequeñas, usando su cuello flexible y dientes afilados para superar a sus víctimas en maniobra, no en fuerza.
Esto importa porque el tilacino era el principal depredador marsupial en Australia antes de que llegaran los humanos y los dingos. Entender su verdadero estilo de caza ayuda a los investigadores a reconstruir la ecología de la época. También explica por qué el animal pudo ser vulnerable a los cambios traídos por nuevos competidores y la pérdida de hábitat.
El estudio añade una nueva capa al legado del tilacino. Era una criatura única, no una copia del lobo o del tigre que su nombre sugiere. Su cráneo cuenta una historia de adaptación y especialización, un depredador que talló su propio nicho en el paisaje australiano. Ese nicho, una vez perdido, no ha sido llenado por ningún otro animal desde entonces.