La etiqueta oficial de los desastres globales ronda los 202 mil millones de dólares al año. Esa cifra ignora la mayor parte del costo real. Cuando se incluyen daños indirectos, fallos en cadena y ecosistemas perdidos, la verdadera cifra salta a más de 2,3 billones de dólares anuales, según el Informe de Evaluación Global sobre la Reducción del Riesgo de Desastres 2025.
Un punto ciego en la contabilidad de desastres
Durante décadas, gobiernos y agencias de ayuda han calculado las pérdidas por desastres contando casas destruidas, cultivos arruinados y fábricas dañadas. Estos son los números fáciles. Pero la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres, o UNDRR, dice que este enfoque deja fuera la gran mayoría de lo que los desastres realmente destruyen. Los ecosistemas brindan servicios que ningún balance captura: regulación climática, protección contra inundaciones, formación de suelo, ciclo de nutrientes y valor cultural. Cuando una tormenta despoja la vegetación de una ribera o el aumento de temperaturas blanquea un arrecife de coral, esas pérdidas se propagan de maneras que la contabilidad tradicional nunca ve.
Los responsables políticos que trabajan con datos incompletos hacen planes incompletos. Sin una imagen completa de lo que se pierde, los esfuerzos para reducir los costos de los desastres y proteger el desarrollo se quedan cortos. El problema se agrava por el hecho de que no ha existido una forma estándar de medir estas pérdidas de ecosistemas.
Un nuevo marco para contar lo que importa
Para solucionar esa brecha, la UNDRR se asoció con el Instituto de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y la Seguridad Humana y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Juntos construyeron un marco para evaluar cómo los desastres y el cambio climático dañan la biodiversidad y los servicios ecosistémicos. El marco analiza dos cosas: el peligro en sí y el contexto del ecosistema donde impacta.
Los peligros van desde eventos repentinos como inundaciones y tormentas hasta cambios de inicio lento como el aumento del nivel del mar, temperaturas más altas y el retroceso de glaciares. El lado del ecosistema examina tres dimensiones: cuánto ecosistema existe, su condición incluyendo la biodiversidad y los servicios que proporciona. Para eventos repentinos, las pérdidas se miden comparando las condiciones antes y después. Una inundación, por ejemplo, permite a los monitores verificar la cobertura vegetal a lo largo de las riberas antes de que suba el agua y nuevamente después de que retroceda. Para eventos de inicio lento sin un inicio o final claro, el marco utiliza segmentos de tiempo basados en datos disponibles y promueve el monitoreo a largo plazo para detectar la disminución gradual.
El marco pide extraer datos de muchas fuentes: satélites, sensores remotos, mediciones de campo y conocimiento indígena y local. Tanto los números como las historias importan.
Convertir datos en decisiones
Para poner estos datos a trabajar, el marco apunta a un sistema llamado DELTA Resilience, abreviatura de Disaster and Hazardous Events, Losses and Damages Tracking and Analysis. Lanzada en 2025, esta plataforma de seguimiento de desastres de próxima generación está diseñada para convertir información cruda en conocimiento utilizable. El objetivo no es solo contar las pérdidas con mayor precisión, sino dar a los responsables de la toma de decisiones las herramientas que necesitan para actuar sobre lo que revelan los números.
Por primera vez, los países tienen una forma estructurada de ver el costo total de los desastres, incluidos los sistemas naturales que sustentan la vida. El marco no prescribe qué políticas deberían seguirse. Simplemente hace visible lo invisible, dejando el resto a quienes tienen el poder de decidir.